viernes, junio 02, 2006

Lágrima redonda

Había hecho un gol. Estaba contento. Habíamos apretado bien. No podíamos llegar de ninguna manera. Ni por arriba ni por abajo pero dominábamos. El Beckham del equipo peleaba con dos al mismo tiempo, Rhino corría y corría cubriendo la última línea, el súper héroe fue salida jugando a un toque y Pedro se desmarcaba para desbalancear al rival. A ese ritmo, aguantamos muy poco, la tensión fue altísima. Y Rhino inventó un cambio de lado para descansar apenas 5 minutos.
Pero yo había hecho un gol. Estaban marcando a mis compañeros y la pedí. Era córner para nosotros y la pedí. Estaban distraídos y la pedí. Desde la mitad de la cancha la pedí. La paré con la izquierda y se acomodó a dos pasos delante del pie derecho. Miré el arco de reojo y bajé la vista para seguir el trayecto de la redonda que giraba lenta.
En el instante en que la pelota acariciaba mi empeine derecho, pensé en mi rodilla. Porque cuando uno le pega a una pelota en movimiento aunque no parezca, el impacto se amortigua con la rodilla. La fuerza viene del cuádriceps que termina en la rodilla. La dirección surge del tobillo y el sector del pie que da con el cuero. Pero si no tenés cuádriceps, mejor que tengas buenas articulaciones, porque el impacto se da en la rodilla. Y mis articulaciones no eran buenas. No son buenas. Acaso fuera la razón del gol. Decidí usar el arco del pie en lugar del empeine. ¿Cuál es el problema? Pierde fuerza el tiro, hay que acomodar de costado el cuerpo (cuando estás lento y fofo te quiero ver) y ubicarla donde tejen las arañas (el rincón oscuro, el punto ciego)… lo que sucede muy de vez en cuando.
Pero sucedió al fin, porque era uno de esos “de vez en cuando”.
La pelota tomó la comba que le di con el dedo gordo y para que fuera al rincón oscuro apunté afuera del arco, del lado exterior del palo. En realidad, es lo que creo, andá a saber si fue así. Lo único que aseguro es haber querido que vaya al rincón y apuntar afuera del arco. El arquero estaba tapado y la pelota entró como pidiendo permiso. No fue tan lento el recorrido pero pude apreciar como giraba sobre su eje imprimiendo una curva en el trayecto entre mi pie y el gol. Porque fue gol.

En la tarde seca de polvo de tierra en las orejas y la nariz, fue como una paja. Una tarde húmeda de olor a encierro en el sillón cómodo de “papi”. Una tarde con Jenna Jameson y sus amigas en el baño de un restaurant o sobre un auto antiguo. Una buena escena torta que de tanta líbido te relaja hasta los cartílagos por la intensidad de la paja. Ese gol me relajó. Mucho. Era la Jenna Jameson de los goles. El maracanazo de las pajas.

Y pasó lo que estaba predestinado: las últimas dos jugadas.

Kike me anticipó. Fuera del área no podía agarrarla con la mano y quise rechazar. Pero Kike se anticipó y le pegó antes. Yo tiré la patada pero en lugar de pegarle a la pelota, le pegué a la suela de su botín, zapatilla. La pelota salió al lateral. Era nuestra. Pero sacaron ellos muy apurados. Entonces me aflojé como después de hablar con Jenna. Porque sabía que si gritaba y aclaraba los tantos, el lateral se volvía a hacer y lo sacábamos nosotros, hacíamos tiempo, terminaba el partido: héroes, sin escalas.

Pensálo, faltaban 3 minutos y estábamos 10 a 11 en el marcador a favor de Buenos Aires.

Pero no. No lo hice, no discutí nada porque estaba pajeado por mi gol onanista. Y el pase que le dieron desde el lateral lo pateó adentro de la red. Gol. 11 a 11 a 3 minutos del final. Nervios. Me despertó la desgracia. Me cacheteó mi abulia; empatar y la nada era lo mismo. Y tuve que aclararme la garganta y aclarar los tantos:

-Si fue lateral es nuestro - le dije a Kike.
-Eh, pero vos me pegaste flor de patada – vociferó como estafado.
-Tenés razón, entonces cobrá faul. Porque o fue lateral nuestro o faul, pero el gol no vale – esgrimí de manera convincente. Alguno levantó la voz pero no. Era así: yo tenía razón.

Y otra vez, mi amada torta furiosa y rubia: Jenna. La paja me volvió al cuerpo, el disfrute de mi gol, la victoria en tierras visitantes y polvorientas, contra uno de los jugadores que más quería vencer: Aníbal Buede, el hincha de Belgrano.

Kike decidió muy rápido. Sacó el faul. Agarró la pelota con vehemencia y la apoyó en el piso. Se la pasó a un tilingo que estaba por ahí quien volvió a pegarle con fuerza, con hambre de gloria, con dirección, con rodilla de cuádriceps duros, con articulaciones firmes, sanas. Y la pelota volvió a entrar.

Ay, Jenna, Jenna, ¿por qué nuestra relación es tan histérica?

Gol. 11 a 11, otra vez pero a 2 minutos del final. Hay que ganar y estamos en la nada, en empate.

Sacaron del medio y me la dieron a mí. Entonces, desde el arco pedí para mis adentros que todos vayan al arco del anteojudo con suerte. Fueron. La comunicación era tan intensa que ni siquiera tuve que hablar; ellos, todos, oían mi corazón y mis garras, mi hambre de gloria, mi bronca por alejarme a Jenna de mis manos.

Esperaban mi pase y yo esperaba que se acomoden. Miraba a todos. Los vi dos veces a cada uno. Pensé jugadas, pensé posibilidades. Si la paso al Rhino. Si la paso al súper héroe, a Pedro. Por arriba para que Beckham la peine y la clave en el ángulo y festejemos y nos abracemos y nos riamos y nos saquemos fotos y digamos “hiciero un buen partido” o “que bien que jugaron a pesar de todo” o “hicieron todo lo que pudieron” y el asado fuera entre cargadas porteñas contra abatidos cordobeces.

Pero no.

Mientras elucubraba mi reencuentro con Jenna, Javier Quintá, el más grande, alto y duro del equipo contrario, me la quitó de entre mis manos a Jenna, a la redonda, de mis pies. Me la quitó y pateó al arco que esperaba su gloria, la gloria en las fauces de Quintá. Me quitaron la gloria y me pusieron la piedra de la derrota. Mi hombros se inundaron de lágrimas. De las lágrimas de mis compañeros que no podían creer el craso error. Mi espalda se encorvó y mis ojos brillaron en el mediodía polvoriento. Quise que mi garganta fuera algo menos blando que una piedra. Mi respiración se alteró. Y Jenna se alejó de mí, asqueada, gritando “looser” con sus pulmones de paraíso.

Un minuto después, el partido terminó y perdimos. Hubo fotos. Pueden verlas. Mi rostro lo dice todo.

Qué pajero.

7 comentarios:

Lunita dijo...

Muy bueno, Funes. Casi logra ponerme celosa de Jenna!

superloyds dijo...

funes, el partido terminó 12-11, no 13-11, no me dan las cuentas con el relato, el gol del tiro libre fue el empate !
salu2

Funes dijo...

Uh, que nabo. Ahí voy a enmendar.
Gracias amigo.

Luna: No se ponga... no se ponga, sáquese, sáquese.

Terra dijo...
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Terra dijo...

Funes, yo te banco. Siempre. Incluso después de que empiezan a volar las sillas. Abrazo.

Funes dijo...

Gracias Terra.

Anónimo dijo...

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