miércoles, noviembre 01, 2006

Me gustan las oficinas, parece

En esa oficina pasó algo
Por Lucas Oliveira

Te levantaste para recibirme. Tenías un buzo azul con cierre hasta el cuello ajustado al cuerpo. Pantalones blancos de seda semi transparente y una tanga blanca o amarilla. Me di cuenta enseguida que te sorprendí o algo así porque apenas entré te sonrojaste hasta las pestañas. A esa hora debías estar trabajando pero yo no soy nadie para andar controlando ni mucho menos así que cerré la boca. Decidiste que unos mates serían lo mejor, algo amargo y caliente, para levantar el ánimo y la pesadez de ese viernes aburrido.
Los viernes aburridos deberían estar catalogados como el día durante el cual suceden las cosas. La mayoría de mis problemas empezaron los viernes. La mayoría de mis salidas interesantes, como dice mi mamá, fueron un viernes. El viernes para mí es un día especial. Para vos seguro que también porque no hacés nada. O, en todo caso, todos los días son aburridos porque no hacés nada.
Te juro que bajé la vista. No quería que molesten los zapatos así que me aflojé los cordones. Sin embargo, de reojo, pude ver cómo te bajaste el cierre del buzo azul para mostrar un poquito más el escote. Un buen piropo, creí. Te hubiera acosado antes, sin decir una palabra, pero "acá no podemos hacer nada”, era tu excusa habitual. Claro que a mí no me lo decías. Se lo decías a cualquier empleado de las otras secciones o los proovedores que te guardaban sus mejores piropos. A la mayoría les eras indiferente incluso con los que te gustaban. Tu mirada, esos leves suspiros de recién casada, eran suficiente para mí; ese chico te gustaba. Pero ese día el chico era yo, tu antiguo compañero de trabajo.
Había renunciado un año atrás por el ofrecimiento de una gran empresa multinacional, de esas con box privado y jefe en pecera, que me tomaba una prueba de tres meses que superé sin problemas y decidí escapar de nuestra oficina. Pero ese viernes, cuando fui a mi escritorio, como todos los viernes, con mi taza de café recién calentado en el microondas para el último envión del día, encontré la nota misteriosa que no te sabías explicar cuando te conté después del segundo mate: “Queda usted relegado de sus actuales funciones”, decía en la primera línea, “pase por Recursos Humanos el lunes a partir de las 9 am que será reasignado a un puesto acorde a sus capacidades y potencialidades. Saludos. Javier”, decía en más de una línea. La nota estaba escrita en papel rosado. Y ese no era un dato menor. Te dije que te hubiera gustado Javier si no fuera que a él le gustaban los chicos. O te hubiera gustado de todas formas. Cuando te dejaba una nota, Javier no tuteaba aunque sí lo hacía personalmente.
Eso te sorprendió; que supiera cómo son los chicos que te gustan.
-¿Y vos qué hiciste?
-Agarré mis cosas y me vine para acá, a contarte, ¿no es raro?
-¿Cómo sabés que me hubiera gustado?
-No sé, supongo... tiene buen físico, es morochito, un poco más alto que yo y sobre todo muy elegante. Para nada amanerado.
Por un segundo te callaste. Pensé que estabas tragando lástima. Pobre de él, dirías de mí. El pobre diablo no tiene a quién contarle estas boludeces.
-¿Vos tomás con azúcar?
-No, acá en la oficina tampoco hay. ¿Vos?
-No, no. Para nada.
Con un gesto gestito, te rascaste el esternón y de un empujón de tu dedo índice volviste a cerrar el zip del buzo azul al cuerpo. Tus pechos se ajustaron más pero ya no podía ver el surco que más de una vez había imaginado entre mis dientes.
Pasaron dos minutos. No dije nada. O sí, pero no importó. Estoy molestando, sentí enseguida y lo percibiste cuando te pasé el mate sin agua para que lo tomes.
-Está vacío esto... ¿qué te pasa?
-Nada... ¿a mí? Me extraña que Javier me haya dejado esa nota, tengo miedo de que me designen un trabajo que no pueda hacer. Acá ya me echaron y sin eso no tengo nada.
-Pero si hablás con Gabriela te pueden reincorporar, ¿no? Ella te quería... bueno, te quería voltear pero...
-No... qué van a reincorporarme. Si la dejé pagando el cuil y los impuestos de la jubilación justo cuando me fui.
-¿Te habían puesto en blanco?
-Sí.
-¿Y por qué te fuíste, entonces?
No quise contestar. Agarraste el mate para cebar un poco y tomaste mirando la pantalla. ¿Qué te iba a decir? ¿Que en parte me fui porque no podía verte más? ¿Cómo le decís a alguien que no podés verlo más?
-Pero vos... ¿cómo estás?
Extrañándote, pensé. Pero dije alguna broma sobre los autos o las sillas que siempre te hacía reír. Esta vez comenzaste a tipear en la computadora.
-Todavía seguís pensando lo mismo...
-Y... de casualidad puede pasar algo...
-¿Cuántas veces te dije que no me gustás?
-Creo que varias.
-Y no lo entendés.
-Entender lo entiendo. Pero no lo entiendo.
-¿Y a qué viniste? ¿Me vas a decir que eso de Javier era mentira?
-¿La nota? No, no. La nota es cierta, pero no termina así como te dije.
-¿¡Qué decía!?
-Terminaba con una invitación. Una propuesta. Y decía “Aceptá si sabés lo que te conviene”.
-¡Te está acosando!
Tus ojos brillaron. Y me acordé de aquél altercado que nos unió más que dos buenos empleados compañeros de piso.
-¿Te acordás?
-Sí, me acuerdo... siempre la misma historia.
A vos no te gustó nada acordarte. Porque habían sido cuatro meses de acoso por mail, acoso por celular, y dos veces en la puerta de tu casa un mismo fin de semana. ¿Quién hubiera querido acordarse? Yo, solamente. Porque cuando el Jefe del Departamento de Compras te encerró en el cuarto de limpieza y empezaste a gritar, el único que se animó a ayudar fui yo. El único que arriesgó su trabajo en esta consultora de mierda fue Mario, ese tipo callado que apenas saludabas cuando llegabas o te ibas. El único que se fascinaba (porque creo que usaba esa palabra) con tus vestidos y polleras de tajo era Mario. El único que no quería cojerte para contarle a los de mensajería o atención al público o a nadie también. El único que estaba dispuesto a escucharte lo mismo una noche de tequilas o arrancarte la tanga con los dientes o llevarte al teatro y darse aires de bon vivant o enroscarte la bandera de Nueva Chicago en el cuello y aguantarte en el paravalanchas de la local con toda la hinchada era Mario. Era yo.
-¿Y qué vas a hacer ahora?
-¿Cómo?
-¿Vas a renunciar? ¿Vas a ir? ¿Qué decía la invitación? ¿Qué te proponía ese Javier?
Uno de los proovedores más insoportables nos interrumpió con dos resmas bajo el brazo; necesitaba tu firma en un recibo.
-Hola, hola, hola, hola... ¿cómo le va a la Rosa del Cairo ? La reina de mis aposentos, ¿qué dice? ¿Esperando la hora para salir de juerga conmigo?
-Hola, Claudio, acá me ves; rompiéndome el lomo mientras ustedes se la pasan de levante de oficina en oficina. ¿Esto solo me traés?
-Ay, reina de mi alma, preciosa mía, cásate conmigo y no verás más el yugo ni lastimarás tu cuerpo de maner insana como has hecho hasta ahora.
-¿“Cásate”? Vos ves mucha novelita, Claudio querido. Lo último que quiero es casarme. Ahora andá que tengo mucho que hacer... andá, andá; buscáte una de las desesperadas del medio, dale. Acá vengo a laburar.
-Preciosa mía, pero ¿y él?
-El es un conocido, Claudio, no molestes.
Conocido, dijiste. Los pies se me hincharon pero no dije nada.
-Me voy con la condición que me des un besito
Claudio era así, “optimista” lo llamaban en algunas secciones. “Pirata”, le decían en las oficinas de Dirección y “Barrilete” en las de maestranza. Ella le revoleó un sacapuntas que después fui a buscar y entre pasitos ridículos y manotazos al aire que pretendían ser de bailarín clásico, Claudio se alejó sin borrar de su rostro esa sonrisa de dientes perfectos, dientes brillantes.
-Si no fuera tan boludo, mirá... te digo...
Siempre decías lo mismo de los hombres. Que son todos boludos. A esa altura de la noche tenía que decidirme si la pasaba en casa de Javier y poder trabajar el lunes o me iba a mi casa desempleado.
-A ver vos, ¿qué pensás de mí?
-¿Cómo que “qué pienso de vos”, Mario?
-Sí, sí ¿qué pensás de mí? ¿Qué te parezco? ¿Soy un boludo? ¿Un tipo atento? ¿Un tipo inteligente? ¿Uno apenas inteligente? Eso, ¿qué pensás de mí?
Tu cara se arrugó de fastidio pero te gustaba jugar a que vos decías algo que yo creía y defendía hasta la muerte. Te gustaba decir qué tenía que hacer para convertirme en un hombre. Pero ninguna de las cosas que decías, te atraían de un hombre. Lo que “debería hacer” si estuvieras en mi lugar. Y nunca quise que estés en mi lugar. Desde tu lugar, así como sos vos, estás bien. Muy bien. Nunca quise que cambies por mí.
-Vos tendrías que buscarte un trabajo como la gente, Mario. Te metés en cada lugar que no sé cómo la venís zafando. Un día de éstos vas a despertarte embarazado, mirá lo que te digo. Eso pienso que tenés que hacer.
-Pero yo no quiero saber eso, quiero saber “qué pensás de mí”, y no “qué tengo que hacer”.
-Es lo mismo, Mario.
-No, no es lo mismo. Para mí no es lo mismo lo que piensa cualquiera o lo que pensás vos. A mí me importa lo que pensás vos.
-No exageres, que no estoy para el chamuyo, eh.
-No es chamuyo. De verdad te lo digo.
Hiciste silencio porque el calor de tus orejas te impidió hablar. Atrapaste el mate y el termo y te cebaste uno sin mirarme... tampoco mirabas la pantalla de la computadora ni tus fotos colgadas en la pared ni el cajón de los Proyectos ni el armario de pedidos ni tus zandalias ni mis pies ni mis ojos ni mi boca. Habías encontrado otra cosa. Que flotaba. Algo que flotaba y desapareció cuando el mate hizo ruidito de “no hay más” y me miraste para ofrecerme otro.
-¿Querés?
-¿Qué cosa?
-Basta, Mario. ¿Querés más mate, te digo?
La luz de la computadora, la luz del aire acondicionado, la luz de los reguladores de tensión, la luz de las lamparitas y la luz de todo el edificio se apagó justo cuando agarré el mate amargo. Solo quedaban las luces de tu celular y dos sahumerios prendidos.
-Uh.
-Uh.
-¿Estás ahí? Quedáte quieto. No te muevas.
-Vos no te muevas.
-¿Me ves?
-Apenitas, ¿vos?
-Para nada.
-Acercáte el celular.
-¿Para qué?
-¿Cómo...? Para verte mejor, ¿para qué va a ser?
-Ay, no digas pavadas, Mario. Que ya vuelve la luz, por favor.
-Vos tranquilizáte.
-No, vos tranquilizáte. El teléfono tampoco funciona. Andá a la puerta y fijáte si ves algo. Fijáte si ves a alguien. Si hay alguna linterna o algo así. ¿Ves a alguien? ¿Qué ves?
-No. Está todo negro.
-¿Cómo todo negro? ¿Estás seguro que no hay nadie?
Te quisiste levantar, para confirmar que no había nadie. Pensaba decirte que no te levantes pero ya me buscabas con tus dedos en la oscuridad de la oficina. Te hubiera dicho que agarres el celular pero no hubiera sentido la yema de tus dedos en el dorso de mi mano.
-¡Qué mierda! Se fueron todos, parece.
-Parece... no son las nueve todavía.
-Acá cuando pueden zafan. Igual, a las nueve y media pasa la ronda de la gente de seguridad así que vamos a esperarlos, de última.
Te seguí apoyando mi mano en tu hombro pero pronto te alejaste y agarraste el celular.
-Son las ocho y cuarto recién, la reputísima madre que lo parió.
-¿Habías terminado?
-No, qué voy a terminar si estoy hasta las manos. ¿Tenés fuego?
-No.
-La put...
Buscaste en los cajones. Hacías mucho ruido. En ningún momento me asusté pero cuando te vi cerrar el tercer cajón me acordé que los viernes pagaban a varios proovedores en el piso de arriba y me imaginé lo peor.
-¿Por qué no bajamos? Agarrá tus cosas y vamos a esperar abajo. Por las dudas, digo.
-¿Por las dudas qué? Yo no me muevo de acá. Apenas vuelva la luz tengo que fijarme qué se guardó y qué no del archivo para Gabriela.
Te tomaste la frente, con la mano derecha, cerraste los ojos y suspiraste hondo. Hubiera querido abrazarte pero estabas lejos y supuse que me ibas a rechazar, me dirías “¿qué hacés?”
-¿Estás bien?
-¿Y a vos qué te parece, boludo?

Decidí abrazarte. Guiándome con la tenue luz del celular te tomé la mano. Para mi sorpresa, no me rechazaste sino que apretaste fuerte la mía. Creo que dije “vení” en voz baja y con los labios temblorosos porque era la primera vez que te tomaba de la mano. Te acercaste apenas y apoyaste el celular en tu escritorio.
-Dame un abrazo, flaca.
Suspiraste como toda negativa pero tu cuerpo se abalanzó sobre el mío. Estabas enteramente apoyada contra mi pecho en pedazos por los latidos de mi corazón. Uní mis manos detrás de tu espalda y apreté casi hasta romper nuestros huesos. Apoyaste tu frente en mi cuello y te quedaste unos segundos, unos minutos, unos meses, unos años, no me acuerdo, no lo se, no los medí. Tenías el aliento rancio y tus ojos los adiviné cerrados. Bajé apenas el mentón y besé tu frente. Eso sí me lo acuerdo, porque después besé tu sien y tu mentón y después acomodaste la mejilla para recibir mis labios. Ahí te detuviste. Por dentro rogaba que no volviera la luz en semanas ni que los guardias de seguridad se avivaran de tu soledad o mi soledad. Pensaba en los relojes que no paran de moverse y pensaba en la noche que me esperaba, a solas con el motor de la heladera. Tomaste mi oreja con la palma de tu mano y algo extraño sucedió. Perdí la noción del tiempo y el espacio. No pude sentir tus labios, tus dientes desparejos, tu nariz sobre la mía. No pude sentir tu abrazo cuando me desmoronaba. No pude sentir tus gemidos, mi nombre en tu boca.


Abrí los ojos y comencé a sentir. Tus manos me acariciaban la frente. Estaba sobre tu regazo. Me sostenías sin esfuerzo y me pareció que mi columna estaba mal hecha, que venía fallada.
-No siento las piernas.
-No te preocupes, ya las vas a sentir.
-¿Cuánto me desmayé?
-Bastante, diré.
Tu voz era tranquila aunque pastosa.
-¿Diez minutos?
-Ah, no no, un poco más...
-¿Veinte?
-Un poco más de media hora, Mario.
-¿Media hora? ¿Estás segura?
Una sábana negra nos cubría. Creí ver el brillo de tus ojos pero enseguida me di cuenta que eran los sahumerios.
-Pudimos... qué pena... perdimos todo ese tiempo.
-Ay, chiquito, chiquito. No, no. Lo aprovechamos muy bien, te diré.
Los pasos me sorprendieron más que la duda y me asusté apenas. Estaría prohibido acostarse en la oficina en horario laboral. Mis piernas se rodearon de hormiguitas y los pies me empezaron a doler.
-¿Quiénes son?
-Es la ronda. Ya nos vamos. Relajáte.
Me acomodé con la columna en paralelo a sus piernas y busqué su rostro acariciándole un pezón, sin querer. Te incliné hasta mi boca de lengua aterrada, de impresición, ansiedad. Los pasos de los guardias y las voces me confundieron. Sentí un aroma familiar y la luz de la computadora, la luz del aire acondicionado, la luz de los reguladores de tensión, la luz de las lamparitas y la luz de todo el edificio se prendieron justo cuando te besaba. Las luces de tu celular y los dos sahumerios, tus ojos, seguían encendidos.
-Todavía estás acá, flaca.
-Claro, tonto.
Me besaste otra vez y nos levantaste. Un guardia entró, miró y salió a decir “acá están” y nos sacaron.
Te esperé en el ascensor, porque mi bolso y tu bolso, mi carpeta y tu carpeta y mi campera y tu campera, todavía estaban en la oficina. Te disfruté desde la espalda hasta los tobillos, como relamiéndome y me miré el cierre del pantalón y el cinto.
Tenía la farmacia abierta y el cinturón suelto.

6 comentarios:

Confesiones de una docensiologa dijo...

Muy bueno.
Ojala trabajara en una oficina.

funes dijo...

gracias... interesante tu blog...

Confesiones de una docensiologa dijo...

Gracias, debes ser el primero que lo mira

Funes dijo...

seee... no se. vi que hace poco lo pusiste...
¿clases de qué das que no entendí bien?

Confesiones de una docensiologa dijo...

Doy Lastima en Salud y Adolescencia; y Compasión en Sociología.

anonimato dijo...

ja