lunes, octubre 22, 2007

La Señal de Eduardo Mignogna


Cuando uno ve a Ricardo Darín no siente otra cosa que admiración profunda. Cuando yo lo veo. No solo por sus dotes actorales y los laureles que ha ganado a lo largo de su historia como artista. No solo porque prefiere invertir tiempo y trabajo por lo que le dicta algo adentro del estómago y no tanto el interior de la billetera. Uno siente admiración por la gran sabiduría con la que supo llevar su carrera y su rostro. Sí, su rostro. Esa cara inconfundible. Esa nariz imposible de imitar. Las ojeras de resignado a la vida, a una vida que se le impone más allá de lo quiera. En sus personajes, en sus mejores trabajos, se pueden adivinar las ganas de morirse que se caen desde la frente. Un actor que cuenta, a cada paso, que hace lo que puede para morirse pero, a la vez, que el Destino le tiene preparadas un par de tareas antes; merece un profundo respeto.

Además del trabajo fino y sutil que llevan a cabo Diego Peretti, Vando Villamil y Julieta Díaz, Darín estimula al espectador a pensar “un algo” que sucede en el estómago mismo del protagonista.
La historia no es sencilla de contar pero tampoco vale la pena desentrañar el entuerto en estas líneas. Se trata, como siempre digo, del cine que hay que mirar. Un cine que no espera a la prensa ni a los caprichos de un grupo de productores cinematográficos para probar, intentar o forzar ideas. El famoso cine de autor. Si bien, la desgracia del fallecimiento de Mignona lo pone a Darín en un lugar bastante impune al momento de revisar el producto que ofrece, La Señal se convierte en la primer película de un director que, espero, tenga la posibilidad de hacer más películas.
Hay errores como es de esperarse. Una pena que el asfalto se filtre en la Buenos Aires del empedrado. Una pena que se olvida en los primeros planos de esos autos gordos, lentos y duros. También pareciera que los actores se toman demasiado tiempo en contestar o en desentrañar las cicatrices de una vida llena de propuestas decentes e indecentes que se enorgullecen de no contar. Uno supone que han ido a la guerra, y no lo dicen, de poco chusmas que son.
Mientras que en cada diálogo se chorrea un pedacito de vida, fruto de un meticuloso guión, las actuaciones acompañan sin tropezarse ni encandilar con lúcidos consejos de director de teatro de revista, un mal contagioso que sufren las películas argentinas. El humor en clave como debe ser en las películas de éste género, salva del abismo y sorprende a más de un desprevenido que se encuentra en el medio de una ¿absurda? discusión.
El maquillaje y la dirección de arte, magistrales en su humildad, superan apenas a la música que de a ratos, y por mantenerse firme y segura por la huella, se destaca demasiado en una película que no necesita sobreestilumar al espectador para transmitir los picos y depresiones de un grupo de personajes metidos en un mundo trágico.
Por supuesto, no voy a dejar pasar la oportunidad de mencionar que me gustaría hacerle el amor a Andrea Pietra para que grite como grita en una de las más geniales escenas de sexo que haya visto y, pueden creerme; he visto muchísimas.
Sin embargo, hay algo de su personaje que no me gusta. Como si tuviera algo más que decir pero no la han dejado. Como si el Director’s Cut del DVD tuviera escenas más amigables con su personaje. Es simple, una mujer que se llama Perla debería tener una historia digna de acompañar a estos dos pesados detectives.
Siguiendo con los disgustos que me provocó la película, me parece para discutir esa actitud que toman guionistas o directores en alguna línea “inocente” de algún personaje (en este caso le toca a Peretti) cuando dice, por ejemplo, “que es una buena oportunidad de jugar en primera”. Si no estamos dispuestos a trabajar con las reglas de un cine de calidad, siempre nos va a parecer que las buenas películas
son “oportunidades” que no se han dejado pasar. Fomentar esa actitud, casi bardera, pijotera, carroñera al pedo, nos tropieza con las justificaciones parecidas a las de un grupo de artistas que en cada entreacto tiene un presentador que dice: bueno, queremos agradecer a toda la gente por este apoyo que nos dan ya que nos cuesta mucho y no estamos en condiciones de hacer esto, pero hacemos lo que podemos, esperamos que les guste, si no les gusta les devolvemos su dinero, entiendannos, nos gustaría que nos quieran pero ojo que podemos equivocarnos y blablabla. No muchachos. Ustedes no tienen por qué andar justificando sus genialidades. Si no se la creen un poquito, no salimos más de la idiotez galopante que no invierte en ideas sino más bien en auspiciantes.
Un error de la época, mal entendido del cine de Szifrón. Sus super héroes del tercer mundo no tenían pretensiones hollywoodenses y, justamente por eso, lograron convertirse en un producto que se ríe de sí mismo pero con altura. Sostener ese frágil recurso de reírse de uno mismo requiere un esfuerzo que se cobra bien caro. Pero hay que tener huevos para plantarse y sobre todo, seguridad.
Hace poco, Darín le contaba a Gillespie que se había dado cuenta que a los actores les resulta imposible trabajar con seguridad más que con la inseguridad. Por eso existen los Directores. Por eso una película se hace en equipo. Porque la inseguridad provoca signos que estandarizan la película. Si bien es un marcado policial negro, La Señal no comente el error de cerrarse a un mundo complejo y vertiginoso que lo aguarda en las carteleras. La Señal se impone con conceptos cinematográficos bien claros. La Señal merece la atención debida para que sea la llave de una puerta que beneficiará a muchos cráneos ninguneados por las películas familiares que escupen la cabeza de la gente.
Y para el final, lo mejor. La dupla Peretti – Díaz, ¡ah!, qué pareja. La justeza en
la mirada, la potencia de un giro, la sabiduría para ubicar las manos en el lugar preciso con la relajación correcta, el admirable uso de la fuerza, las sonrisas escuetas, inasibles, seductoras. Me imagino a los dos llegando a sus respectivos hogares y recibiendo cachetazos y más cachetazos para salirse de los personajes tan bien calados y perfectamente amoldados a sus cuerpos. Cuerpos difíciles de dominar. Cuerpos que hablan cuando el actor calla. Cuerpos que tienen anécdotas en cada arruga, cada peca, cicatriz y pelo. Actores con oficio y pasión. Un equipo que se la juega entero y ellos entregando todo lo que la sangre y el cerebro se imagina que puede dar.
Si tuviera un laboratorio los pondría en el microscopio y los revisaría días enteros, semanas, meses; de arriba abajo, de izquierda a derecha para decir, con autoridad, que sí, sí, yo los conozco y no, no; no me sorprenden.

2 comentarios:

Lunita dijo...

acá hay otra voz.
ahora quiero ver la peli

Funes dijo...

veala
esta es mi opinión

usted tendrá la suya