martes, septiembre 23, 2008

Garching eater...



Tuve una jefa que se la pasaba todo el día con el celular en la mano. Para cerrar una fecha, para llamar a un artista; siempre por celular. Vivía muy lejos, a pasitos de la estación de tren de Lomas de Zamora, por lo que necesitaba estar al tanto de todo usando su celular ya que en la oficina estaba poco y nada.
Ganábamos buena plata contactando empresas que auspiciaban recitales, presentaciones de libros, fiestas temáticas y demás negocios inverosímiles como Baby Shower o Bar Mitzbas (creo que no se escribe así).
Paula (no podría decir su apellido) me encargaba a mí de mandar mails, hacer llamados a proovedores o abrir y cerrar la oficina pero más que nada debía encargarme de soportar sus rabietas cuando no le salía un negocio o faltaba una persona que había anunciado su presencia. Eso, obviamente, no estaba acompañado de un premio ni estímulo en el sueldo.

En esa época, llamar por teléfono en lugar de mandar mensajes de texto no era tan raro. Es más, los mensajes de texto eran bastante novedadosos y cool (algo que no le interesaba a Paula si no tenía que ver con alguno de nuestros eventos).

Después de dos o tres reveses (fechas canceladas y pérdida de sponsors) agarró viaje con los sms porque se nos venía la noche y la cuenta del celular era un dolor en la nuca porque se inflaba como gorda comiendo pan.

Para colmo, solterona y workoholica como era, olvidate de que tuviera un chongo. Nada. Más sola no podía estar. Se conectaba con mil personas pero no conectaba con ninguna. Salvo conmigo, claro. Mandaba esos mensajes de texto largos, como de conversación, monólogos sobre el estado de la cuenta en el banco, los precios de los catering y su relación con un evento de envergadura, etc, etc, etc.

Una vez, la vez que me decidí abandonar ese trabajo, fue un sábado. Los sábados me quemaba la gorra con tanto esfuerzo que me fumaba dos porros en el día: uno al levantarme, después de morfar dos o tres medialunas mientras revisaba suplementos culturales y otro a las 5 de la tarde, en el pasaje Aníbal Troilo, ahí por Villa Crespo, antes de bajar al subte. Esas dos cuadras fumando eran la calma previa a la tormenta. El subte me dejaba en la esquina de mi trabajo y arrancar fumado era lo mejor que me podía pasar porque apenas llegaba me enchufaba 2 o 3 carpetas con recortes de diarios y me pedía que revise por qué solo esos diarios hacían crónicas o reseñas de nuestros eventos cuando yo debía lograr que todos los diarios publicaran algo.

Ese sábado, decía, no fui a trabajar. Terminé el porro en la escalera de Angel Gallardo y me pregunté qué pasaría si no iba. Nada. ¿Qué iba a pasar? No iba a ser ni el primer ni el último empleado que mintiera para no ir a trabajar. Y yo podría estar con mi novia un sábado a la tarde que era su único día libre.
Así que apenas me vio entrar de vuelta, no le di ni tiempo a preguntar nada ni sorprenderse que ya nos revolcábamos en la cama y nos reíamos de las excusas que podría haberle dicho a la insoportable de Paula.

Pero claro; empezaron los mensajitos.
No respondí ningún mensaje. Después podría decir que me quedé dormido por alguna droga suministrada por un médico o algo así.

El primero me desubicó: "no me podes aser esto".
Esa burrada me neutralizó: el mensaje no podía ser cierto. Cuchame una cosita, ¿para esta pelotuda no me puedo enfermar? ¿Qué le pasa? Como la burrada me causó gracia y mi novia me hacía cosquillas con la lengua en la planta de los pies (una debilidad desde mi primera novia) el asunto no pasó a mayores.
Después vinieron algunos menos agresivos y todavía más graciosos:
"Abrigate y vení"
"Podrías ponerte una inyección en la farmacia de Tomás, acá a la vuelta"
"Decime cómo hago para sacar el encabezado del mail que no encuentro el txt con las instrucciones"
"Llamaste a La Nación?"
"A quién llamaste, decime por lo menos"
"Marta no viene a cubrir la obra, dice que no puede salir de la redacción"

Mi novia se enojó conmigo porque había dejado prendido el celular. Al rato se arrepintió de haberme dicho eso. Con el vibrador poderoso de mi Samsung E-256 logramos que cada mensaje de texto fuera una experiencia inolvidablemente divertida.
Paula seguía mandando mensajes y yo seguía sin responder.
Cuanto más tiempo pasaba, más nos divertíamos. Y Paula, más se engranaba.

Los últimos mensajes rayan la obsesión perversa:
"te voy a comprar actimel"
"te lo descuento de tu sueldo pero me lo vas a agradecer, soy buena mina en el fondo, sabés"
"vas a venir mañanaaaaaaa?"
"adónde te llevo el sobre para Coca? Tengo a mi hermana que está enferma también, no puedo ir a ver cómo sale todo, podés ir un ratito aunque sea?"
"todo bien, me encargo yo, andá pensando cómo compensar esto"


11 mensajes; uno atrás del otro con diferencia de 5 minutos cada uno. Mi novia no podía más.
Y yo decidí renunciar. Brindamos con un licuado de naranja, para reponer energías y me sentí liberado como nunca antes me había sentido.

Porque para policía, ya está la policía.



6 comentarios:

Fideos con manteca dijo...

qué buen post funes, me cagué re risa.
saludos,

ro

Anónimo dijo...

Te voy a denunciar por calumnias e injurias! Esta chica no sería capáz de mandar 11 mensajes de texto un sábado por la noche. ¿A quién se le puede ocurrir semejante disparate?

Unknown dijo...

¡Gracias Sñxs!

Anónimo dijo...

Yo se lo que es ser el Smitters de un jefe como Mr Burns.
Viva peron.

Che Pereyra dijo...

Grossso, Funes! Me encantó este post!!

Unknown dijo...

Gracias Che.