lunes, marzo 05, 2007

Querida, encogí a los escritores

Por Felix Bruzzone


Lo de antes y lo de después casi no importa: en la sala de partos Eugenio tiene media cabeza afuera de Sol y el resto del cuerpo adentro. Sol, lógicamente, grita. Las enfermaras me dicen asomate, esto es único, pero yo, con el tubito de oxígeno que me tiembla en la mano, ni me muevo (me da impresión ver esas cosas). Igual, la media cabeza de Eugenio se ve clarita, llena de sangre, colores azules, manchas amarillas, púrpura, y pequeños brotes de líquidos transparentes que tardan en derramarse sobre las manos enguantadas de Víctor, el obstetra. La maniobra parece difícil: Sol dice quiero pujar otra vez pero le dicen no, si pujás te desgarrás. Así que grita me duele, saquenmeló. El tiempo pasa sobre un chicle, sobre una baba, y los pocos segundos que Víctor tarda en sacar el resto del cuerpo de Eugenio son las vidas enteras de todos los hombres que construyeron las pirámides. Y cuando está por fin afuera, completo, cinco dedos en cada pie, cinco dedos en cada mano (hay que contarlos, Sol me dijo que los cuente), el llanto de Eugenio se parece a un gran dolor de muchas muelas juntas o a la explosión de una fábrica de calderas.

Después, en la habitación, nos enteramos de los eventos climáticos del día. Lluvias, inundación, evacuados. Pablo Alí nos dijo: llovía. Gustavito también: al lado de esa tormenta las bombas del 55' eran papel picado; y Yuyo otro tanto: caían cocodrilos paraguayos. Más tarde (yo todavía pensaba en la media cabeza afuera y en la media cabeza adentro, ahí estaban las dos mitades, una afuera, otra adentro, la que se veía y la que no) justo pasan en la tele la esquina donde mucho tiempo antes (diez años antes o más, no me acuerdo) me paraba a tocar el saxo (estuche abierto, monedas), y en esa esquina están el agua, la inundación y el kiosco de diarios donde a veces dejaba el saxo (cuando llovía, cuidenmeló), caído adentro de un pozo lleno de agua: medio kiosco adentro, medio kiosco afuera.

Son casi las nueve de la noche. Las visitas se fueron y estamos solos. Sol le da la teta a Eugenio y Valentino, bajo mi cuidado, le acaricia un pie. Los cuatro hundidos en el colchón. Si alguien se asoma por la ventana para espiar nos podría ver mitad adentro y mitad afuera de la cama. Media familia completa, sí, pero ¿qué era una familia?, eso me lo explicaron, pero, ¿qué cosa era?, ¿qué falta?, ¿falta algo?, ¿quién está hundido y quién no? Sol empieza a dormirse (cansancio, final de un embarazo de verano) y Valentino y yo tenemos que irnos a lo de mi abuela, también a dormir. Así que digo me voy y ella dice cuidate, vuelvan mañana, vuelvan sanos y salvos, dice (siempre dice así y también dice muchas palabras de amor), y entonces nos vamos. Y mientras cierro la puerta de la habitación y empiezo a empujar el cochecito en el que Valentino también empieza a dormirse me doy cuenta de que las cosas salieron bien, muy bien, y de que fueron muchas, de verdad, imposible contarlas, y de que (y esto es lo más importante, más importante que lo de antes y más importante que lo de después) podemos estar mitad arriba y mitad abajo, adentro o afuera de lo que sea, pero gracias a algo, no sé gracias a qué pero gracias a algo (a nosotros, a los que nos ayudan siempre, a todo eso), los cuatro pudimos hacer todas esas cosas y los cuatro estamos a flote.

Superlativo, diría Funes.
Admirable, diría Lucas.

3 comentarios:

superloyds dijo...

Qué lindo relato che, felicidades !

el gordo carlos dijo...

Es cierto, me gustaron las descripciones

ECADEQUEIROZ dijo...

si es muy lindo el relato

eca