viernes, octubre 24, 2008

Bingo

*el cuentis
para el finde*



Salimos muy quedos. Teníamos la lengua un poco dormida pero nos pareció justo demostrarnos el afecto con sutileza por lo que un abrazo, en el zaguán, fue suficiente. La rubia hermosa junto a su novio inteligente ya habían empezado a discutir. Se los veía risueños por el alcohol aunque todas las flechas que se tiraban atinaban con maestría. La sutileza de los amantes del círculo polar siempre me sedujo y me pareció envidiable. Ellos, en cambio, no tanto.
Nos invitaron porque nos registraron. Nuestras caras eran increíbles. Tanta depresión para tan poco. Nos pareció que ni el sonido, ni la mística entre nosotros había logrado un buen show. Es más, para confirmar que sentíamos lo mismo les fui de frente:

-Esta fue la última vez.
-Estoy de acuerdo.
-Sí.


El pequeño tumor que apareció junto a mi corazón después del sí de Julián me terminó de confirmar que habíamos llegado al piso. Que de ahora en adelante solo se podía mejorar. Que no había vuelta al fracaso. Que la experiencia vivida y vívida del fracaso nos había terminado de llenar las venas de pura adrenalina y resentimiento y que el hambre de gloria, de triunfar, de ser alguien que no piensa qué billete saca cuando mete las manos en los bolsillos nos ponía en un lugar especial, de privilegiados, de sedientos guerreros en pos del triunfo, sedientos borrachos de amor y milagros inesperados: pero no.

-Si nos volvemos a juntar, les pego un tiro.

Cuando Federico avisaba, cumplía.
Entre el sí de Julián y el les pego un tiro de Federico, me senté frente a la rubia y el novio inteligente con tanta mala onda, con tan hondísima y evidente depresión, que ambos pensaron alegrarnos la noche contándonos sobre sus primeros meses de novios y de cómo le hacían los cuernos al infeliz de Aníbal. Qué risa. Ja ja.

Se acariciaban las manos. Se miraban en secreto y se rozaban debajo de la quilmes stout que nadie más que yo apreciaba. El mozo, desde la barra, le secreteaba a un gordo de camisa color salmón mirando nuestros platos vacíos y, al rato, el Dueño, vino a explicar por qué no se podía fumar en ese bar y por qué, si lo seguíamos haciendo, nos echaría a patadas.
Lo curioso fue eso: los echo a patadas, dijo.
Lo más cercano a ese tipo de amenazas lo había oído en Los Simpsons. Y ni siquiera visto: oído.

-Bueno, che. No es para tanto. Los chicos están pasando un mal momento y se confundieron, nocierto chicos...

El novio inteligente había sido rápido aunque la pena que nos arremangaba el corazón era más fuerte. La sonrisa de su rubia almidonó el nuevo aviso del Dueño por lo que tuvimos suerte y nos dejó irnos en paz. La pareja feliz, la pareja que comenzaba una nueva etapa de caricias esta vez en soledad, nos despidió con efusiva camaradería y rajamos al Bingo.

-¿Al Bingo?
-Sí, por qué no...
-Dale, puto. Te vas a divertir, haceme caso...

No, si yo no decía lo contrario. Me había sorprendido y por eso pregunté ¿al bingo? pero no lo hice en tono represor ni moralista. Tampoco iba a ser mi primera vez en el Bingo. Había ido al de Flores, al de Avellaneda y al de Valle Hermoso, en Córdoba. Qué lindo Valle Hermoso. Entonces, cuando pensé toda la plata que había gastado en las cervezas con la pareja feliz y toda la que había gastado en el recital me dije ¿al bingo? Lo que no pude evitar fue decirlo en voz alta.

Entramos por 2 pesos. El tipo de seguridad me miró desafiante porque se me había metido una basurita en la boca y la escupí en el suelo, mientras sacaba la plata que no usé porque Julián nos invitó con un billete grande. Lo único que hice fue sonreír. Federico se dio cuenta y me agarró del brazo con violencia, como rescatando al tío borracho que le apunta con el cierre a la sobrina en su fiesta de quince. Cosas que pasan.
Adentro había más mozos que mozas.
Her-mozos. Señor Mozo. Su mozo. (El mozo de ella).
Ninguno de los mozos hacía contacto visual con los clientes. O con casi ningún cliente. Con nosotros lo hacían porque no se nos entendía una palabra. Federico era el que hablaba. Julián y yo estábamos listos para el champagne, esperándolo. Habíamos pedido uno muy barato y berreta pero cuando brindamos se nos pasó tan inmediatamente la depresión que se nos olvidó que quien tenía que pedir las tarjetas era Federico así que mientras los mozos cortaban los cartones nos miraban la boca a Julián y a mí con un dejo de fascinación y hastío que daba ganas de arrepentirse.

-¿Cuántos?
-Dame tres... no no, cuatro... ¿cuatro está bien, Juli?
-No, pedí dos, y dos después.
-Bueno, dame dos.

Como todos ahí adentro, teníamos estrategias, cábalas. Mientras la dormida cantaba los números del segundo bingo en el que jugamos a mí se me distrajeron los dedos y el vasito de champán se me cayó en el pantalón nuevo que había estrenado para resaltarme las bolas y que las dos minas que podían haber ido (que no fueron) y que podría haberme garchado, se volvieran locas cuando cantara "A vuelo de pájaro", nuestra balada endemoniada. Como en esa cantata casi saco el bingo antes de las 40 bolillas (me faltó un número casi todo ese juego), no me limpié ni el pantalón de mierda ni cambié el vaso que tenía un poco de pelusa de la alfombra creyendo que podría ganar algo.

¿Con decirles que sigo escribiendo blogs
se entiende que no gané ni mierda?

-No importa, loco.
-Eso, traé otro champán.
-Morzo, Morza, Mozad, Mozta...


Un peludo susto me pegué cuando vi pasar una mina que se parecía enormemente a mi madre.

-Yo te juro... me llego a cruzar con mi vieja ahora y me hago Cristiano, Julián... te juro...

Federico seguía el bingo por el tablero. Miraba qué número se iluminaba y tachaba en el cartón. En cambio, Julián no miraba el cartón. Tomaba con la hidalguía de un Lord casi sin mirar el número que tachaba. Nunca supimos si ganó algo. Decía que se aprendía de memoria el cartón al mirarlo un segundo y que después iba tachando mentalmente.
Juli es el más loco. Desde que conoció a Javier Malosetti, está hecho un pelotudo. Toca el bajo como nadie y el oído absoluto que tiene se lo envidia hasta el flaco Spinetta que pasó un día entero con ellos dos improvisando en la sala que tienen por Colegiales y donde graba también el hijo del flaco. Se le acercó al final del ensayo y le dijo "vos tenés futuro, colo, cuando se te enderezen los planetas vas a dar vuelta todo: tenés poesía".
Me acuerdo de aquél día y todavía me río. Al final de ese ensayo memorable tenía uno con nosotros. Llegó y nos obligó a sentarnos frente a la bata, corrimos todos los pie de micrófono y, en círculo, a la vista de la pareja perfecta que siempre nos grababa los ensayos o pasaba a fumarse un porro en la sala mientras tocábamos, nos dijo que tenía una misión en la vida: había visto a Dios y le había dicho que la banda iba a romper todo.
Nos hizo comprar ropa nueva, nos hizo peinarnos distintos y sacarnos fotos. Estaba embaladísimo. Al tiempo, Federico mandó todo al carajo y se cruzó en la pecera con Julián. Tuvieron que separarlos porque casi se matan. Federico es malo, maldito. Es chiquito y flaco. Nadie entiende de dónde saca la potencia con la que toca la bata. Juli es enorme. Si lo agarra se matan. El sonidista los separó porque sabía que Fede iba a perder la vida si dejaba que Juli se volviera letal y también sabía que Federico iba a desarmar la pecera hasta encontrar un arma con la que asesinar al grandote si los puños no lo ayudaban. Cosas que pasan.

Mientras ellos discutían a partir de una marca de gel que estaba vencida y que Julián decía que había que usar y Federico que no, improvisé una base de blues en do y empecé a zapar. Los mogólicos (a la pareja feliz les digo mogólicos cuando están fumados) aplaudían y se reían. De verdad parecían estar disfrutando esos punteos de mierda que me salieron. En realidad, estaban buenos. Así como el porro los volvía mogólicos, también los volvía sinceros. Si no estaba bueno, ponían una cara de culo que venían los bomberos por el olor. Por eso los dejábamos venir. Eran los únicos puntuales. Venían porque nos marcaban un camino aunque ellos no se dieran cuenta.

-Hijodeputa... te volbiste locco, la recncha de tumdre.
-Sos vos FracSsado de merda que no se da cuenta del talento con el que tovvvca
-No me roompas másss sh w las pelotas la putamadre

Yo creo que zapé media hora antes de avivarme de que se estaban agarrando de las mechas, incluido el sonidista Osvaldo. Julián tenía una silla en la mano y Federico una caja de shure llena de cables que rebotaba en la consola y hacía saltar las perillas. Me empecé a reír, sin quererlo, sin pensarlo y los mogólicos se contagiaron. En una de esas, Osvaldo giró sobre la consola, cayó y empezó a salir nuestra risa adentro de la pecera. Eso los sorprendió y todos agarrados de los pelos del otro se empezaron a reír con nosotros. Fue muy pero muy liberador, diría Hanglin.

Federico pidió otro champán y mientras puteaba al número 23 lo miró a Julián y le dedicó una sonrisa de hermano mayor. Yo los miraba y me daba cuenta de que la mística estaba ahí, en la mirada y los gestos de Juli. En las maldiciones de Federico y en mi melancolía pedorra.

-¿Sabés que estás re loco, Juli, no?
-Y vos sos un maricón.
-¡Brindemos por eso! Que en este Bingo de mierda es la única alegría que vamos a tener.
-¡Eso!
-Salú.
-Salú.
-Salú.


*

2 comentarios:

Anónimo dijo...

funes despues de este cuento te tenes que dar cuenta porque no te publican.

abrazo!

Funes dijo...

cuak
qué chiste fácil...