domingo, agosto 23, 2009

El mató a un policía motorizado




Voy a subir al techo a ver, admiraré el desastre bajo la luz de la luna gigante. Ellos lloran abajo del árbol, arriba del árbol, detrás del árbol. Tuve miedo pero ya se fue. Ahora estoy arriba de mi casa con un rifle. A ver mi próximo movimiento.



Este pequeño poema en prosa pertenece a una banda platense llamada El mató a un policía motorizado. Salió de su último disco, El día de los muertos, que (como tiene siete temas) le dicen despectivamente EP. Ya sé, esas taxonomías idiotas no sirven para nada ya que no ayudan a comprender la obra. No te da herramientas ni puntas de análisis, solo están para clasificar, seccionar, nominar; como si eso fuera algo importante. Cosa de periodistas y revistas de rock. Uno que se emociona cuando escucha algo hermoso no piensa en eso, se deja llevar por una de las pocas manifestaciones celestiales que existen.
La canción se llama Mi próximo movimiento y la primera vez que la escuché recordé algo que ya sabía, que el arte puede convertir en belleza imágenes desoladoras y terribles. Tiene el don de la alquimia.
Las canciones de rock que más me gustan son aquellas que conjugan la violencia poética con la locura tierna de una buena melodía. Y El mató tiene eso que hace que me enamore de una banda.
Hace unos sábados los fui a ver en vivo por primera vez. Un lugar pequeño, poca gente. Un espacio perfecto para disfrutar este tipo de bandas en las que lo único que importa es la música. Sin imposturas ni rock stars que caguen la noche. Fue un show tremendo que disfruté y que perduró en mí hasta unas horas después de que terminó. Eso de Tuve miedo pero ya se fue dicho face to face me afectó como lo hacen ciertas oraciones en determinados momentos de tu vida. Hermosa como un labio partido, fue la línea que le mostró a un joven Lou Reed el camino de su arte como compositor. De eso se trata, de modificar con palabras las concepciones gastadas que se tiene de la realidad.
Cuando salimos del lugar era tarde y ya no había más colectivos para volver a casa. Gracias al cambio de horario teníamos que esperar una hora más, en una noche con un frío inesperado. Entonces fuimos a hacer tiempo a una estación de servicio. Con treinta pirulos encima estábamos haciendo cosas de pendejos. Con Patri recordábamos partes del recital. Cuáles le gustaron a ella, cuáles a mí. Hablábamos del sonido. De lo malo que era con las otras bandas y de pronto subieron ellos y todo sonó muchísimo mejor. Decíamos lo bien que tocaban cada uno de los integrantes (ese batero, por dios). Y que la voz de Santiago no se parecía a ninguna otra y eso era buenísimo. Y, claro: esa lírica. La poética de una banda que trabaja a nivel estético, con imágenes poderosas y cautivantes viajando sin tiempo ni lugar, fotografiando desastres no tan imaginarios. Se trata de no claudicar ante lo cotidiano y contemporáneo. Hablar de lo importante y dejar de lado el día a día para intentar ser atemporal. Y nada más atemporal que el Apocalipsis, ya que todos los años es el fin del mundo. Así es: El mató a un policía motorizado es el soundtrack del fin del mundo.

Las horas parecían de chicle en la estación de servicio. Mientras, trataba de recordar cómo fue que había llegado a conocer a la banda. No lo podía recordar con exactitud. Pero me di cuenta de que eso no importaba en lo más mínimo. Cuando uno necesita a ciertos artistas ellos aparecen sin que se los busque demasiado.
Recuerdo que, cuando era pendejo, leí en la sección Cultura de Clarín una pequeña reseña que decía que había un personaje de Crimen y castigo que se llamaba Raskolnicov y separaba a las personas en Ordinarias y Extraordinarias. Justo lo que estaba buscando. Arribó a mi pálida existencia Dostoievski y desde el momento en que abrí ese libro mi vida no fue la misma.
De lo que sí me acuerdo claramente es de cuando conocí a Bob Dylan. Fue uno de esos encuentros trascendentales en mi vida, una verdadera historia de amor. Comenzó en el Tower Récords de Santa Fe y Callao. Ahora ese lugar no existe más. Era un espacio para escuchar música que no encontrabas en otro lado. Era como el Lado B de Musimundo. Yo trabajaba de lavacopas en un restorán italiano que quedaba a la vuelta. En esa cocina éramos todos de provincia, cada uno tenía un acento diferente, lo que le daba a las charlas una melodía encantadora. Cuando terminaba mi turno me iba a Tower, me ponía los auriculares y escuchaba los discos que exhibían ese día. Me quedaba horas porque me encantaba esa música y también porque no quería volver a mi casa.
Un día, en el restaurant, metieron a trabajar una chica. Cuando entré a la cocina ella ya estaba ahí. Y para hacerla corta, me enamoré, salimos y me dejó por otro. Por un compañero. Esas cosas duelen. Mucho. Yo no tenía tanta experiencia en esta clase de dolores así que me impactó con esa intensidad inolvidable que tienen las primeras veces. Entonces estaba hecho mierda buscando explicaciones en lugares equivocados hasta que uno de esos días en los que fui a escuchar discos, recorro con la mirada y veo que ya los conozco a todos. Llego al final del local y observo la tapa de un disco: era un joven con una mirada juguetona y extraviada. Una mirada rara. La foto era en blanco y negro y luego de unos segundos me pareció que el mirado era yo. Como un zombie autómata tomé los auriculares y comencé a escuchar una guitarra acústica. Cuando salió la voz del tipo, una voz carrasposa, gangosa, expresiva, que alargaba las vocales de una manera perturbadora, sentí una conmoción. De pronto estaba en otro mundo. Solitario y concentrado escuché el disco de principio a fin, y cuando concluyó, el hechizo no desapareció. Había sido abducido por algún tipo de magia profana que no traté de cuestionar. Miré la tapa nuevamente y leí: Bob Dylan. Era un disco doble y, supe después, era un pirata oficial de la gira del ´66 en la que él, inquieto, se volvió eléctrico y a la gente no le gustó un carajo el movimiento y en ese recital uno de los asistentes le gritó Judas. A esa altura Dylan no hacía Música, era el Dios de una Religión cuyos feligreses creían perdido.
El disco salía más de lo que contenían mis bolsillos. Debí esperar a cobrar para comprármelo. Cuando lo tuve en mis manos lo escuchaba una y otra vez como si releyera el más complejo de los ensayos. Y ya me había olvidado que hacía un tiempito atrás estaba devastado (¿cómo se llamaba esa mina?). Las heridas estaban curadas gracias al Doctor Dylan. Desde entonces, mi médico de cabecera.



Los colectivos no llegaban, eran las dos y monedas y (nos avisó la chica de la estación de servicio) recién comenzaban a pasar a las tres y media. Patricia miraba el disco de El mató y después me lo pasó. Lo vendían en el recital. Hacía un tiempo largo que no compraba discos originales. Me los bajo por Internet. Pero este lo quería tener. Todavía vive en mí cierta debilidad fetichista por estos pequeños objetos caros. La tapa recuerda a cierto imaginario de cine de terror clase B. Destrucción y muertos vivos. Y yo que nunca me sentí atraído por lo bizarro me la quedo mirando fijamente. Pienso en que en estos tiempos paranoicos y violentos esa imagen dice mucho. Y estoy arriba de mi casa con un rifle, expresa esa sensación del ciudadano que se siente víctima de un peligro inminente, que al no saber de dónde va a venir, mejor estar preparado.
Pienso en que lo poético tiene una fuerza increíble y que esa ausencia de referente inmediato, esa ambigüedad, lo hace atravesar, como una lanza certera y brillante, épocas disímiles y nunca ser anacrónico. Siempre tiene algo para decir sobre cualquier época porque aborda lo esencialmente humano. El miedo, el valor, la vida, la muerte, esas cosas.

Por fin vino el colectivo. Temblábamos de frío y lo único que queríamos a esa altura de la madrugada era dormir. Las tres y media pasadas; ya no estábamos para esos trotes. Pero valió la pena. Por supuesto que sí. ¿O no, Patri?, le pregunté cuando teníamos las frazadas hasta la nariz. No me contestó, sin embargo yo sabía que ésa había sido una salida maravillosa. Esperaba que eso de los zombies no la jodieran para dormir. Patri es propensa a las pesadillas. Decidí que lo mejor era quedarme despierto para cuidar su sueño.
Puse el disco, me preparé un café, y luego apreté play.

Patri durmió como un bebé.


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| agradecimiento especial al taringuero malpensar |


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4 comentarios:

Julia dijo...

Genial todo esto, Funes. Judas=Traidor. Opino lo mismo de El Mato, esa cosa de decir cosas terribles con una melodía que las suavizan. A mi me encanta esta banda. Me hace pensar y sentir cosas q están dentro mío. La próxima vez q toque, voy. Hace mucho q no los veo, como un año. Besos!

Unknown dijo...

Yo nunca los vi (creo - y si los vi estaba impresentable). Pero aparentemente Walter quedó muy motivado.

Y es así, da ganas de averiguar cuándo tocan de vuelta para ir a verlos.

Saludos

Julia dijo...

Oh, no había prestado atención que la crónica no era tuya... Justo iba a decir (había pensado, bah) que qué bueno cuando alguien traduce tus pensamientos y los escribe. Es muy bueno lo q escribió Walter. Y sí, hay q ir, Funes. Antes de que el huracán todo lo destuya.

tanto amor empalaga dijo...

chica rutera!