jueves, noviembre 19, 2009

Benítez


Uno está ahí, a la espera de alguien. En un subte, en un bar, en una estación de servicio, en una librería. Alguien que te diga ¿adónde vas? ¿Qué estás haciendo? Y vos, con tu mejor cara de perro sucio pero feliz decís acá, tirando para no aflorar. Haciéndote el canchero. Y ves que no se acerca. Te mira con tristeza, se coloca el sombrero nuevamente y con una sonrisa ligera da media vuelta y se va. Te deja solo. Sin decir una palabra.
Cuándo vas a madurar, te preguntás.
-¿A quién le habla, señor?
-Al loco del sombrero.
Y el vendedor (porque siempre hay un vendedor en estas historias) cierra los ojitos, se acomoda la viscera y te ofrece unos caramelos en lugar del vuelto porque se quedó sin cambio. Aceptás, porque no vas a pelear, no gastás energías en esa berreta sensación de picadura en la billetera del galán y caminás mirando culos, con el cuello aturdido como secarropa destartalado. Y pensás seriamente... adónde estoy yendo ahora.
Y volvés a sacar la billetera pero no hay ni un sol. Cerrás la mano en un puño, un puño que guarda resentimiento y unas gigantescas ganas de gritar. Revolear la garganta por la ventana y aturdir a todo el mundo con una sola palabra.
Ayuda.
Que se caigan los frutos de los árboles.
Que las golondrinas se ahoguen con ese grito desgarrador.
Ayuda.
El sudor de la frente es amarillo, las uñas largas están cargadas de tierra gris, picadura de asfalto, limadura de aluminio en las sandalias. Porque estás incómodo pero porque te hiciste una pregunta que ya no te deja sonreír.
¿Adónde voy? A buscar... no, no, a esperar... es más cómodo esperar y que llegue cuando quiera.


*

2 comentarios:

. dijo...

tremendo, qué bueno che
y saludos

Funes dijo...

el nombre "." también está bien, eh
salú