miércoles, febrero 27, 2008

Largo camino, pequeño saltamontes - Siete

En un local de McDonalds hay más protocolos que arriba de un 747. El que llega tarde, pasará todo el día trapeando el piso de arriba, a la vista del público. En los pisos de arriba de los McDonalds el que controla no es el encargado, como muchos creen.
No.
Es el mismo cliente. El discurso público de “el cliente tiene razón” es tan fuerte que no hay nada más peligroso en un local de McDonalds que uno con una hamburguesa medio cruda.
Ahora, si la forma de cocinar una hamburguesa depende de un pitido en el horno eléctrico especialmente diseñado para cocinar ese tipo de hamburguesas en perfecta cocción; ¿por qué venden hamburguesas crudas? Porque alguien metió mano.
No es fácil tragar este primer dato. En el entrenamiento de un Encargado de McDonalds hay varias reglas de oro que se suman a las reglas de oro aprendidas en distintos cursos anteriores.
Uno no delata a un compañero sino que mejora el servicio.
Al compañero no se lo castiga; se le recuerdan las reglas.
El buen trato no es un valor intrínseco del empleado; al contrario, el empleado aprende que el buen trato es algo que se logra solamente en un trabajo digno como el de McDonalds.
Otra regla, que me costó tragar y no lo hubiera hecho si no fuera por Amanda, puede violentar a más de uno. Conozco gente que vio una cucaracha en el restaurant más exclusivo de Buenos Aires y, no solo no volvió a comer ahí sino que se encargó de anunciar a los cuatro vientos que ese local era habitualmente sucio. Es un sentimiento común; el resentimiento.
En McDonalds no se habla de los padres.
Repito.
En McDonalds no se habla de los padres.
Los padres, la figura que nos identifica dentro de un mundo difícil, la figura que nos demuestra que somos parte de un planeta dominado por la Naturaleza, no existe. En cambio, existe Ronald.
Así como lo ven, ese muñeco diabólicamente alegre, satisfecho y estoico, reemplaza en la neura de cada uno de los empleados de McDonalds a los padres.
Una de las características de los empleados de McDonalds (aquellos con posibilidades de ser Empleado del mes) tiene que ver con una ausencia de la imagen paterna muy fuerte y trágica (no en todos los casos). Minusválidos emocionales que necesitan de un conjunto de ordenanzas y pequeñas reglas protocolares que nunca antes habían tenido. El Encargado de un local, apenas se recibe de Encargado, comprende (y aplica) que para lograr el mejor desempeño de un empleado hay que someterlo al castigo máximo por cada error cometido; el escarnio público.
Esa regla de oro, se respeta en cada local. Si mirás al que pasa el lampazo vas a darte cuenta que su rostro no es reflexivo por conciencia de clase; está siendo discriminado por mal desempeño perdiéndose la diversión que implica estar sirviendo al cliente detrás de la caja.
No lo vas a preguntar inocentemente en el primer McDonalds que te metas:
-Disculpe, ¿usted es el Encargado del local? ¿Acá también son unos sádicos de mierda?
Por supuesto que no.
Alguien, de adentro, te lo tiene que contar, que lo haya sufrido en carne propia, que haya sido testigo de semejante muestra de bondad.
-A nosotros no nos educaban- me aclaró Amanda después de abrazarme y apoyar su cabeza en mi pecho lampiño- a nosotros ahí adentro nos cuidaban como en ningún otro lado. Y eso se agradece, Lucas.

*

uno / dos / tres / cuatro / cinco / seis

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me saca de quicio ver cómo esas encargaditas mounstrosas, de camisa blanca (toda un distinción dentro de la jerarquía entre las conchudas)bardean mal a los empleados, gritan cómo cotorras, y atienden "de onda" a la gente, porque lo de ellas es otra cosa...no están para eso viste?
Las odio. Posta.
Y hace poco vi unos afiches que pegan en los locales que llama a la juventud desamparada a unirse al "mejor empleo de sudamérica".
(Que cínicos)
Buen post.

Saludos!

lucio dijo...

hey amigo funes

me
re
gustó

lahe dijo...

minusvalido emocional es glorioso