jueves, febrero 21, 2008

Largo camino, mi pequeño saltamontes - tres

Nuestros sábados eran especiales. Mucha revista cultural, mucho café con leche y medialunas y mucho pero mucho sexo. Arrancábamos a las 6 de la mañana y terminábamos a las 10. Se reía mucho y como no hacía tanto calor pero un poco si, el ventilador era el somnífero que aflojaba las piernas y las descansaba para la siguiente embestida. Parecíamos toros. Una brutalidad bestial, un agite desmesurado, con bravas lastimaduras y lágrimas de sangre por movimientos bruscos.
Enfrentarla erguido, con la panza flaca de abdominales blandos, era ir a la guerra sin casco. A veces volvías, otras veces el campo de batalla te abducía, te desaparicía. Entonces hablábamos.
Aquél sábado de mudanza, el flete estaba pedido para las diez de la mañana. Una traición, si querés. No habría posibilidad de despedida. Ella lo sabía, sabía que no podía irse sin despedirse de mí aunque me haya fracturado en 23 partes cuando me dijo que sí, me mudo el sábado. Por cómo me miraba mientras guardaba los libros en cajas de televisores de 29 pulgadas, supuse que por dentro lagrimeaba con ganas.
- Somos bastante promiscuos- me acerqué.
- Siempre fuiste más promiscuo que yo- no me miraba.
- Este libro es mío - y agarré un Kamasutra escondido; las posiciones letales.
- Ese libro es una pena. Nosotros también.
- Quisiera despedirme.
- Es tarde, por favor, no empieces. No hagas más complicado…
- Más complicado - interrumpí - Más complicado va a ser verte para la despedida después.
- No creo - murmuró y se me aceleró el corazón justo en el momento en que sonó el timbre.

*

uno / dos / tres / cuatro / cinco

1 comentario:

Barbara dijo...

se me arrugó el corazón cuando leí este post.